El sistema sanitario griego se ha enfrentado a la creciente presión del envejecimiento de la población, las enfermedades crónicas, las presiones financieras y las perturbaciones como el COVID-19 y el cambio climático, que han puesto de manifiesto profundas deficiencias estructurales. Aunque se han llevado a cabo múltiples reformas para mejorar la financiación, la prestación de servicios y la salud pública, los avances se han visto socavados por políticas fragmentadas, una planificación deficiente y una supervisión deficiente. La verdadera sostenibilidad y resiliencia requieren no sólo reformas, sino también una formulación de políticas basada en pruebas, instituciones fuertes, compromiso político y una coordinación eficaz para garantizar la aplicación y el impacto a largo plazo.
